lunes, 24 de noviembre de 2008



Alcanzo a ver el cielo desde mi ventana. Está gris,melancólico. Me pregunto tontamente si él también tendrá malos días, si está gris porque se ha levantado con el pie malo. No tardará demasiado en llover, no se hará esperar ese golpeteo en la ventana. Quizás cuando empiece a llover salga a dar un paseo. Sin paraguas,sin impermeable. Sólo yo con mis pensamientos.
Empieza a llover. No me hace falta mirar por la ventana para saberlo. Me pongo las zapatillas,la bufanda y el abrigo y salgo a la calle. Está desierta, todos estarán en sus casas, calentitos, viendo como llueve tras el frío cristal de una ventana. La lluvia cae con mas fuerza, arrecia como diría mi abuela. No llevo el ipod, pero siento la música en mi cabeza, tristes acordes al piano. Camino sin rumbo pisando los charcos, deshaciendo en tímidas hondas mi reflejo. La lluvia me moja la cara, la ropa. Pero no me importa. Los antiguos egipcios sacaban las estatuas de los dioses de los templos cuando llovía, para que se purificasen con el agua que caía de los cielos. Al fin comprendo dónde me llevan mis pasos. Intenté negarlo desde que salí de casa, mi mente me mentía diciendo me que no íbamos a ningún sitio. Pero allí estaba, en la cima del mundo. Viendo como la fina cortina de agua limpiaba la ciudad,purificándola...
Todos tenemos derecho a ser infelices ¿no?

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Tú :)



Sueño con no ser un soñador. Sueño que aquel sueño sucedió en realidad. Sueño con volver a ese lugar...
Era de noche. La luz de las farolas proyectaba pequeños soles incandescentes sobre el pavimento de azabache. Todo estaba borroso, los contornos difuminados, como uno de esos cuadros impresionistas que cuelgan de los altos museos de París. Notaba el alcohol calentándome la sangre que latía tras mis sienes. Mis sentidos se agudizaban; la suave brisa se me antojaba un vendaval, hasta la luz de las estrellas parecía cegarme. Y lo escuché.
Un profundo martilleo, el sonido de los abismos de Vulcano. Una respiración entrecortada, un suave suspirar, un callado lamento. Alguien se acercaba desde el fondo de la calle, caminando al abrigo de los altos castaños que en verano daban sombra a las aceras. El paso era rápido,asustado, como el de un nervioso animalillo que corre hacia su madriguera al amparo de la noche. Entró en el dominio dorado de una farola. Era una mujer. Una áurea niebla la envolvía. Me paré en seco y un grito de asombro se quedó atrapado en mi garganta. El voluptuoso vestido de seda verde y negra se ajustaba a su esbelta figura. Unas medias moradas abrazaban sus piernas y unos botines negros abrazaban sus pies. Su pelo era del color del bronce bruñido y se movía graciosamente con cada paso. Sus verdosos ojos me lanzaban miradas de inquietud y de temor. Pero yo seguía allí, parado en la mitad de la acera, mirándola embelesado.
¿Qué otra cosa podía hacer? Me sentí como debieron de sentirse los antiguos conquistadores cuando llegaron a las Américas y descubrieron a las sacerdotisas del fuego. Diosas hechas de gráciles formas, de sutiles pensamientos. Ella no dejaba de mirarme como si fuese un fantasma. Se iba acercando,pero esquivándome a la vez. Pasó por mi lado dejando tras de si la estela de su perfume a jazmín, Me di la vuelta corriendo, pero sólo aceré a ver como se alejaba entre las sombras...
Desde entonces no puedo dejar de ver esos ojos verdosos en cualquier lugar. Me pregunto si no fue un sueño, una fugaz visión de alguna remota princesa, venida de un tiempo lejano...

martes, 4 de noviembre de 2008

Leyenda del Moldava



Típico cuento de viajeros, leyenda que cuentan los viejos alrededor de un acogedor fuego las frías tardes de invierno...Lo cierto es que toda leyenda tiene una base real, un ligero atisbo de lo que es, escondido tras lo que podría ser...Empieza así...
Era una oscura senda, apenas una susurrante hebra de tierra escondida entre los frondosos olmos. El silencio sólo se veía interrumpido por los suspiros del caballero, suspiros llenos de tristeza que hacían estremecerse hasta al mismo bosque. El caballero llevaba siglos caminando por el lóbrego sendero, como si de una antigua maldición se tratase. Cuando creía ver el final que auguraba la salida de ese negro bosque, se daba cuenta de que sólo era un recodo mas, otra vuelta en ese túnel en el que empezaba a asfixiarse. El camino era pedregoso, tanto que el caballero debía agarrarse de las ramas mas bajas de los árboles para no caer. Aunque a veces sus manos sólo agarraban el inexorable vacío, haciéndole caer...
El dolor destrozaba su alma mientras su garganta clamaba por el frío bálsamo del agua. Cuando la negrura se adueñaba de su mente y pensaba que iba a caer para no levantar jamás, la oscuridad fue retrocediendo, el bosque desaparecía para dar paso a una empinada pendiente, a un sendero entre flores: madreselvas, blancos lirios, grandes y vivas amapolas...El corazón del caballero se fue fortaleciendo con su aroma. Llegó a lo alto de una suave loma, y lo que vio lo dejó asombrado: Un imponente castillo erguía su mole tras la estela plateada de un río. Se paró un instante para apreciar la fortaleza en toda su magnitud. Altas torres coronadas por cúpulas, murallas infranqueables plagadas de almenas, matacanes, barbacanas. Se distinguía una gran puerta de madera oscura a la que se llegaba por un airoso puente que unía las dos orillas del río Descendió por el sendero hasta llegar al puente, custodiado por una torre imponente cuya puerta permanecía cerrada. Mil veces llamó, pero nadie acudió a abrir al exhausto caballero. Desesperado, miró en derredor hasta que su mirada se posó en un bote de pescador que había varado en la orilla. El caballero montó en el bote y remó hundiendo las palas en las gélidas aguas. Siguió remando hasta llegar al mediodía del río. Llegó hasta él una voz que le hizo pararse en seco. Una voz melodiosa, con un deje de descaro que le hizo estremecer. Nunca había escuchado salmo como aquel. Buscó la fuente de la voz y siguió su estela hasta unos pequeños islotes boscoso que había en el centro del río. Puso pie en el mayor de ellos. Un pedazo de tierra plagado de sicomoros que acariciaban con sus ramas la suave hierba. La voz lo llevó hasta el centro del islote, donde se alzaba un pequeño templete de níveo mármol. En el centro del templete había una fuente y sentada junto a ella había una criatura. Era imposible que fuese humana, irradiaba un halo de divinidad. La blanca piel, el negro pelo que le colgaba por la espalda, salpicado de pequeñas flores de azahar, suave manto de la noche plagado de estrellas. Tras unas sedosas pestañas se escondían los ojos mas perfectos que jamás tuvo la dicha de ver un alma mortal; pozos insondables de color avellana, alimentados por una luz imperecedera. La ninfa, pues no había duda de lo que este maravilloso ser se trataba, estaba ensortijando su pelo con un peine de plata labrada.
Apenas se inmutó cuando vio aparecer al caballero, al contrario, suspiró como si hubiese estado esperando ese momento desde que el Tiempo empezó su curso. Invitó con un ademán al caballero a sentarse a su lado. Uno junto a otro, se contemplaron en silencio. Ninguno de los dos se atrevió a hablar, tenían miedo.
Y ahí siguen, eternamente juntos en la isla de l Silencio, viendo pasar los siglos, mientras se miran a los ojos, conociéndose, sin jamás haber escuchado el eco de sus voces sobre la cristalina agua de la fuente.
(L)

domingo, 2 de noviembre de 2008

:)


El sonido del piano. Él. Ella. Antiguas notas secretas. Él. Ella.
Una sonrisa. Una fila de blanquecinos dientes ordenados en maniática armonía. Unos tiernos labios como marco. Un suspiro como aliento. Una sonrisa que evoca el cielo, de las que esgrimen las huríes que guardan las sagradas puertas del Paraíso.
Una carcajada que rompe el silencio de la noche. Como un manantial de agua cristalina que brota de la antigua fuente de un palacio.
Un puente. Un antiguo puente suspendido sbre el vacío. Arcos de formas perfectas, delicadas farolas de hielo forjado, una firme balaustrada de piedras duras. Al fondo Ella. Recortándose contra el suave azul del cielo, como mecida por las olas de un tranquilo mar en un atardecer de verano. Ella. Su sonrisa. Él se acercó con pasos vacilantes, manos sudorosas y una tímida sonrisa. Llegó a su lado. La sonrisa se ensanchó. La timidez dio paso a la alegría. Las sonrisas a carcajadas.
Él. Ella. El antiguo puente en honor al santo. Ella. Él. Los delicados acordes de aquela zarabanda. Ellos. Amigos.
Para Inés.
Por hacerme sonreír en los momentos tristes.
(L)

Nada


Sólo el eco de pasos en una habitación vacía.
Eso de lo que siempre huiste, que te produce tanto pavor, al fin ha conseguido llegar al oscuro rincón donde te habías escondido.
Indiferencia.
Temías quedarte indiferente cuando alguien importante en tu vida desaparecía para siempre; temías quedarte indiferente ante el dolor, el sufrimiento, las lágrimas, la miseria; temías quedarte indiferente ante la misma indiferencia.
Indiferencia.
Si, entonces te diste cuenta. Era la mejor opción, el mejor escudo ante las estocadas.
Tu rincón empezaba a ser visible, vulnerable.
Siempre te refugiaste en la imaginación.¿Nunca habéis estado en ese mundo? Puedes hacer tantas cosas como consigas imaginar: caminarás por el confín de la Tierra mientras Ulises te mira asombrado desde la Isla de las Sirenas; sentirás el aleteo de los pájaros sentado en una nube; pasearas por antiguos palacios que hace harto tiempo que el mar reclamó para su dominio.
Eres feliz en tu imaginación. Allí la palabra eternidad tiene algún significado. Allí siempre suena al piano esa antigua canción que te hace estremecer. Allí puedes ver desde tu ventana hasta el mas recóndito lugar.
Pero de repente, como un mazazo, vuelves a esa cosa que llaman realidad.
Y entonces es cuando venderías tu alma al diablo por sentir indiferencia, por ser de duro granito, de frío mármol.
Porque estás cansado de transformar la realidad para hacer tu realidad, porque estas cansado de entregar para no recibir nada.
Antes solías mirar el titilante brillo de una estrella, la veías inalterable desde el pozo donde te habías refugiado. Pero la estrella se apagó y te quedaste masticando el amargo gusto de la soledad.
Y desde tu oscuro sueño suplicaste por sentir indiferencia, pero el diablo te dijo que no tenías alma que vender, que hace tiempo que no eres capaz de amar.
Y se hizo una noche eterna, una triste oscuridad.
Y si, sentiste indiferencia, todo resquicio de amor que alguna vez pudiste tener desapareció fundiéndose con el vacío.
Desde entonces solo lo escuchas a él.
Al Silencio.

La isla de los Sueños



Al fin la encontré. Trás años de búsqueda, de desilusiones y desesperanzas, de pasos retumbando en estacian vacías. Alli estaba, ante mí. En medio de un inmenso lago, tan grande que no alcancé a ver el final, allí donde se juntan el Cielo y la Tierra. Se alzaba imponente, orgullosa, envuelta en un velo de etérea niebla que abrazaba los árboles de la Isla en un fugaz sueño.
Bajé hasta la orilla. Hundí mi mano en las frias aguas. Sentí un estremecedor escalofrío, el agua lamiendo mis dedos, el cosquilleo de los juncos en mis piernas, como los suaves besos de una ninfa.
Pero ¿cómo cruzar el lago? Las orillas eran abruptas, impracticables, hasta donde alcanzaba la vista. El lago estaba desierto, no había rastro de embarcación alguna. Sólo había una solución posible. Nadar. Me aterraba hundirme en las pálidas aguas, al fondo, donde nunca llegan los rayos de Apolo y moran bestias ancestrales Pero tenía que hacerlo. El recuerdo de una sonrisa me reconfortó. Intenté zambullirme en las frias aguas de espejo. Pero no pude, no me hundía. Mis pies no traspasaban las ondulantes olas de la superficie. Podía caminar sobre el lago. Con inseguros pasos llegué a las inmediaciones de la Isla. La niebla me envolvió dándome la bienvenida.
Todo era diferente alli. Parecía estar consagrada a la diosa del Silencio y un sutil perfume lo invadía todo. Un perfume me resultaba conocido,era el aroma de todas las cosas que fueron y de las que aun no les ha llegado el tiempo de ser, atrapadas en esa remota isla. Era el olor de la Eternidad. Un perfume salido de las flores que pululaban por todas partes, una por cada sueño cumplido. También había flores cerradas, sueños esperando en la oscuridad, entre tiernos pétalos, a que les llegue el turno de florecer.
¿Cómo encontrar mi flor? Sería como intentar contar los cabellos de una náyade. De nuevo, esa sonrisa acudió a mi mente. Tenía que hacerlo, debía encontrar la flor que contenía mis sueños. Busqué algun camino, una senda, pero no habia nada, sólo esa inexorable vegetación. Dejé que mis pasos me guiasen,cruzando la Isla.
Mis piernas empezaban a tambalearse y mi ánimo flaqueaba. La diosa del Silencio imponía su yugo sobre mis labios y el bosque me rodeaba con su mortal abrazo.
De repente, la vegetación desapareció, dejando paso a una alta loma rocosa, que parecía querer tocar las nubes de algodón. Sobre ella se posaba, como un cisne alado, el edificio mas maravilloso que jamás tuvo la dicha de contemplar un alma humana. Hasta el edificio ascendía una escalinata blanca,flanqueada por ninfas,faunos,náyades y centauros esculpidos en la dura piedra. Desde lo alto, me llegó una dulce melodía, desgranando sus notas como las cuentas de un rosario de jade.
El palacio era de níveo mármol blancos, fachadas curvas, con poderosas columnas coronadas por hojas de acanto. Parecía vacío. Seguí la estela de notas por salones vacíos, donde el viento movía las visillos y las lágrimas de las arañas tintineaban.
Llegué a un alto pasillo, cerrado al final por unas enormes puertas negras, talladas con mil flores. La melodía procedía de alli. Cada nota era un beso, un susurro, un fugaz suspiro, una intensa mirada.
Dudé. Tanto tiempo esperando ese momento. Con las manos sudorosas y tambaleantes, empujé las puertas. Tras ellas me esperaba un enorme salón. Unos pesados cortinajes púrpuras tapaban los ventanales,dejando la sala en penumbra. La música venía del fondo, pero por mas esforcé la vista, no conseguí distinguir nada. Fui hasta el mas alejado de los cortinajes,y lo aparté, dejando pasar los rayos de Apolo,que apartaron las tinieblas.
De la pared, como intentado liberarse, sobresalía una musa de mármol,con una vasija de plata,de donde salía agua. Caía en un recipiente de plata, provocando la melodía. Flotando en el agua,había un lirio blanco.
¿Qué debía hacer? El lirio me mostraría mis sueños, mis mas profundos deseos, que esperaban agazapados en el fondo de mi alma. ¿O no? Quizás ya sabía esos deseos, encontrados en el camino, en una sonrisa que iluminaba las tinieblas y me hacía sonreir ante la adversidad.
La música se fue apagando, la luz que entraba por el ventanal fue desapareciendo y el lirio empezó a dejar de ser visible, desvaneciéndose por completo.
Oscuridad. Silencio.
El roce de las sábanas me hizo estremecer, al fondo, la cantarina fuente del jardín vertía su agua sobre la pila.
Abri los ojos. Vi un jarron sobre la cómoda, lleno de lirios blancos, que perfumaban toda la habitación.
Todo había sido un sueño, un maravilloso sueño.
Entonces escuché un ruido detrás de mi. Me di la vuelta perezosamente y te vi, Ahi estabas tú,mirandome con esos ojos que me hacen perder el sentido, esa sonrisa que me hace sonreir.
No había sido un sueño, el sueño empezaba ahora.


El castigo de Sísifo...Eternamente condenado por su desafío a los poderosos, por utilizar su inteligencia en vez de disfrazarse con una piel de oveja. Eternamente condenado a subir la roca hasta lo alto de la montaña, para después dejarla caer. Repetir para siempre el mismo absurdo protocolo...

Antonio