jueves, 16 de abril de 2009

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El sol que entraba con timidez por la ventana abierta y el bullicio oriental procedente de la calle la despertaron. Perezosamente, sin ganas, Mariam se desprendió de las últimas cuerdas que la ataban al sueño.
Se quedó tumbada en la cama, silenciosa, sonriente. Disfrutando de los últimos instantes de intimidad e ilusoria libertad antes de tener que volver a la dura rutina. Un murmullo de conversaciones ascendía desde la calle, acunándole entre las sábanas con el rápido fluir de la lengua árabe. El olor de las especias y de la comida cocinadas al aire libre le dio la bienvenida a un nuevo día.
Aunque era lo que menos le apetecía en el mundo, Mariam tenía que levantarse de la cama. Era tarde, su madre ya debería haber encendido el horno y estaría preparando el aromático té con el que desayunaban sus hermanos y su padre. Y ella debía ayudarla. Al fin y al cabo, pensó con una profunda amargura, era todo lo que se esperaba de ella. Aprender todo lo necesario para hacer feliz a un hombre; las tareas de la casa, saber cocinar, regatear bien la compra en el mercado, ser una buena esposa, dócil y obediente. Pero nada más.
Cuando Mariam cumplió los seis años, su madre se empeñó en que acudiera a la escuela con las demás niñas. Le costó mucho convencer a papá, pero finalmente accedió. Mariam iba acompañada por su madre a la escuela dos veces por semana. Aprendió a leer y a escribir. Su primera profesora era una mujer autoritaria, una buena musulmana que se alzaba en guardiana y depositaria de las tradiciones y las costumbres. Se alzaba tras su pupitre como envuelta en sus negras vestiduras, atenta, preparada para castigar a las rebeldes. Mariam no podía evitar que un escalofrío le recorriese la columna cuando la evocaba.
Un día llegó a clase, resignada, arrastrando los pies, preparada para aguantar el infierno sin proferir ni un suspiro, esperando que la mirase con ojos acusadores. Pero no estaba. En su lugar, tras el escritorio, había una profesora mucho mas joven. Tenía los brazos abiertos en señal de bienvenida y una enorme sonrisa en los labios. Mariam encontró un vínculo, una conexión que hacía su relación diferente, especial. Juntas cargaban la responsabilidad y excitación de un secreto, Cuando Mariam salía de las clases dos veces a la semana, ocultaba bajo su amplio hiyab los libros que la profesora le prestaba a hurtadillas. Era la única forma de introducirlos en la casa. Papa habría montado en cólera si lo hubiese sabido. Leer no era para las mujeres, leer no era incluso para los hombres. Excepto aquellos libros piadosos a los ojos de Alá.
Esperaba con una impaciencia casi dolorosa la llegada de la noche. La única ventaja de haber nacido mujer, es que dormía en una habitación sola. Eso le concedía la ventaja de poder disfrutar de un poco de intimidad. Se escondía bajo las mantas, apenas alumbrada por la luz que escapaba del pañuelo que cubría la lampara y de los rayos de luna que se colaban por la ventana.
Bajo las sábanas, Mariam descubrió la maravillosa magia que encierran los libros. Descubrió que podía sumergirse con facilidad en las hojas amarillentas inundada de caligrafía cúfica. Podía trasladarse desde el palacio del Agá de Basora hasta la cueva del imponente Rey de los Ladrones con sólo pasar de página. La luna hacía su recorrido por el cielo a una velocidad alarmante. Las horas se convertían en minutos cuando abría alguna de las obras de arte de la literatura oriental. Muchas veces la sorprendía el muecín de la mezquita llamando a la primera oración. Se levantaba ojerosa y cansada, pero feliz.
Las historias guardadas celosamente en miles de páginas le enseñaron a Mariam el mundo. Le enseñaron cosas que nunca habría podido aprender entre los cacharros de la cocina.

Consiguió salir de la cama, trastabillando del sueño. Tras vestirse, hacer la oración y esconder el libro bajo una tabla suelta del armario, inspiró hondo y se dispuso a empezar la rutina. Se alisó bien la kandora antes de abrir la puerta, notando con confusión los cambios que se producían en su cuerpo, dejando atrás la infancia.

-Salaam aleikum mamá, parece que hoy hará un buen día Imsalah - saludó con quizás demasiada efusividad
-Baba quiere hablar contigo Mariam, apresúrate en preparar el desayuno- contestó sin apartar la vista del gran cuenco de guisantes que estaba desgranando. Su voz sonaba monótona, apagada, sin vida.
Se apresuro a preparar el desayuno. Lo llevó cabizbaja hasta la alfombra del salón donde ya estaban sentado todos. Depositó los platos con cuidado, lentamente, esperando angustiada escuchar qué había hecho mal.
-Mi pequeña Mariam jan, cuánto has crecido. Mírate, hace apenas unos pocos años eras una niña que correteaba entre los melocotoneros del jardín. Te has convertido en toda una mujer, muy guapa, como una princesa. Hemos estado hablando,y creemos que ha llegado el momento de que te cases con un buen marido. Tu madre ha llegado a un acuerdo con la Hadiya, la madre Hassan. Os casaréis dentro de un mes, está todo dispuesto.
Un terrible escalofrío recorrió el cuerpo de Mariam. Temblorosa, jadeante, sin levantar la vista del suelo, abandonó la habitación con aire respetuoso. Casi a ciegas, con los ojos inundados en lágrimas, consiguió llegar hasta su habitación. Se apoyó contra la pared, resbalando lentamente hasta terminar sentada, inerte.
Se suponía que Mariam debería estar feliz. Toda niña sueña siempre con el día de su boda. ¿Entonces, dónde estaba el problema? Hassan, tenía 39 años. Mariam lo había visto muy pocas veces. Se habían cruzado mientras ella iba a la escuela, pero no le gustaba. Le asustaba la cara que ponía cuando la veía pasar. Lascivo, arrogante, en un vano intento de aparentar una edad que estaba lejos de tener. Ella siempre pensó en el día de su boda. Ella vestiría un bonito vestido verde, y caminaría orgullosa entre las filas de invitados. El perfume de los lirios lo inundaría todo. Al fondo, aguardándola entre fugaces sonrisas estaría él. El personaje sin rostro, el príncipe salido de los cuentos que declamaba Sherezade. Pero no Hassan, él no. Se hizo un ovillo, sujetándose las piernas con las manos en un vano intento de mantener entero su cuerpo.
Sabía lo que esa boda significaba. Sería la esclava de Hassan de por vida. Pero no había nada que pudiera hacer. Era su destino, su triste destino. Había sido educada para que en su mente no se concibiese quejarse, había sido educada para no desobedecer.
Los días pasaban inexorables, frenéticos, ajetreados entre preparativos. Y llegó, como el culmen de una tormenta que cambiará para siempre la forma de las dunas.
Temblaba de miedo, de rabia, de impotencia bajo el vestido verde primorosamente bordado. Los invitados formaban un largo pasillo. Mariam lo recorrió con pasos vacilantes, sintiendo que dejaba al principio un cofre cerrado con siete llaves. El cofre donde guardaba sus ilusiones y sus sueños. Al fondo él, con una sonrisa en los labios. Pero no era la sonrisa del príncipe de las Mil y Una Noches. La sonrisa de Hassan dejaba entrever la lascivia que guardaba su negra alma, como la ávida sonrisa de una hiena a la vista de una suculenta presa. Mariam dejó volar su imaginación cuando empezó la ceremonia, recorrió los antiguos palacios encantados donde los sultanes danzaban con las bellas huríes. Soñó con alfombras que vuelan, con tumbas en el desierto que guardan incalculables tesoros. Soñó con finales felices tras las puertas talladas de una antigua alcoba.
El primer recuerdo de su nueva vida, es la cara de Hassan reflejada en el espejo de plata que ambos sostienes, según la milenaria tradición árabe, para que su reflejo atraiga la buena suerte. Allí, bajo el manto verde con el que el mulhab los ha cubierto, se da cuenta de que solamente una cosa hará su vida medianamente soportable. Las mágicas historias atrapadas eternamente entre las páginas de los libros. Ya no tendrá que ocultarse bajo las sábanas para leer, pero echará de menos el sobresalto del amanecer mientras devora enfebrecidamente una palabra tras otra. Sonríe tristemente, con una infinita melancolía. Y suspira, recordando una antigua leyenda, en la que los suspiros son los lamentos del alma por el infortunio de un aciago destino.